Por Amaury Reyna Liberato

Hay películas sobre periodistas que necesitan persecuciones, amenazas, fuentes misteriosas y un reportero que descubre la verdad cinco minutos antes de que intenten matarlo.

Spotlight hace casi lo contrario.

Sus periodistas leen archivos.

Revisan directorios.

Buscan nombres.

Tocan puertas.

Hacen llamadas.

Esperan documentos.

Y vuelven a comenzar.

Tal vez por eso sea una de las películas que mejor han entendido el periodismo de investigación.

Dirigida por Tom McCarthy y escrita por McCarthy junto a Josh Singer, la película reconstruye el trabajo del equipo Spotlight de The Boston Globe sobre los abusos sexuales cometidos por sacerdotes y el sistema institucional que durante años permitió ocultarlos. La investigación real obtuvo en 2003 el Pulitzer de Servicio Público por una cobertura que, según la organización del premio, rompió un entramado de secreto y provocó repercusiones dentro y fuera de Estados Unidos.

La película ganó posteriormente los premios Óscar a mejor película y mejor guion original.

Esos reconocimientos dicen poco, sin embargo, sobre lo que la obra puede enseñarle a un periodista.

Su mayor acierto está en algo menos cinematográfico: respeta el proceso.

La investigación no avanza porque un reportero sea especialmente brillante. Avanza porque varios periodistas realizan tareas diferentes, comparan resultados, cuestionan hipótesis y soportan períodos en los que nada espectacular ocurre.

Esa decisión narrativa le quita glamour al oficio y, paradójicamente, lo hace más interesante.

Walter Robinson, Michael Rezendes, Sacha Pfeiffer y Matt Carroll no aparecen convertidos en héroes invencibles. Cometen errores, llegan tarde a determinados ángulos, discuten prioridades y descubren que el propio periódico tuvo antes señales que no desarrolló con suficiente profundidad.

Ahí la película se vuelve incómoda.

Resultaría fácil contar una historia en la que el periódico representa el bien y la institución investigada concentra toda la culpa. Spotlight evita esa comodidad. Pregunta también dónde estaban los periodistas mientras el problema permanecía frente a ellos.

Esa autocrítica tiene un peso enorme para cualquiera que ejerza periodismo local.

A veces creemos que investigar consiste exclusivamente en descubrir algo que nadie conoce. No siempre. Puede consistir en mirar con seriedad algo que todos llevan años comentando.

Un expediente abandonado.

Una denuncia que parecía aislada.

Cinco comunidades contando la misma historia.

Un funcionario que ofrece explicaciones diferentes cada vez.

Una cifra que no encaja con la anterior.

La película también entiende el valor de esperar.

En un momento clave, el equipo dispone de elementos suficientes para publicar una historia importante, pero el editor insiste en avanzar hasta demostrar que no se trata únicamente de casos individuales, sino de un patrón.

Esa diferencia es esencial.

Una denuncia puede producir un titular.

Un sistema demostrado produce una investigación.

La interpretación de Mark Ruffalo como Michael Rezendes contiene los momentos de mayor intensidad, aunque a veces roza una teatralidad que contrasta con la sobriedad del resto. Rachel McAdams trabaja desde otro registro: su Sacha Pfeiffer escucha más de lo que gesticula. Michael Keaton, como Robinson, sostiene buena parte de la película desde la contención. Ninguno necesita convertirse en caricatura del reportero obstinado.

El ritmo puede resultar lento para quien espere una película de suspenso convencional. Hay secuencias enteras construidas alrededor de conversaciones, papeles y directorios antiguos. No considero que sea un defecto. Esa aparente lentitud es parte del argumento: investigar requiere tiempo.

McCarthy tampoco utiliza música grandilocuente para indicarnos cuándo debemos sentir indignación. Confía en los testimonios y en la acumulación de datos. Mientras más comprende el espectador la dimensión del caso, menos necesita la película levantar la voz.

Hay un detalle que permanece después de los créditos. La investigación del Globe no fue premiada porque un periodista consiguiera una frase memorable, sino porque logró probar con documentos y testimonios aquello que durante demasiado tiempo había permanecido disperso. El Pulitzer reconoció precisamente la amplitud y el impacto de esa cobertura.

Para un estudiante de periodismo, Spotlight vale más que muchas explicaciones románticas sobre la profesión.

No enseña que el periodista cambia el mundo cada mañana.

Enseña algo más útil.

Que hay que leer el documento completo.

Que una fuente debe contrastarse.

Que una víctima merece tiempo.

Que una cifra repetida por todos continúa necesitando prueba.

Y que el trabajo empieza mucho antes de escribir el primer párrafo.

Al final, el teléfono de la redacción comienza a sonar.

No hace falta un gran discurso.

Después de meses de trabajo, son las fuentes quienes empiezan a buscar al periódico.

Ese sonido explica mejor el periodismo de investigación que cualquier capa de superhéroe.

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