Por Amaury Reyna Liberato
Hay personas que compran una bocina y, sin firmar un solo documento, adquieren derechos sobre veinte casas.
La ponen en la galería, la encienden, y, desde ese instante, el barrio entero pasa a formar parte de la fiesta.
No importa si usted quería escuchar televisión, terminar un trabajo, conversar con su familia o simplemente dormir. Alguien decidió que a usted también le gusta esa bachata. Y a las once y media le gusta más.
La cosa se pone interesante cuando uno protesta.
Entonces aparece la filosofía del ruido.
“Muchacho, deja que la gente goce”.
“Eso es un día”.
“Pero hoy es sábado”.
Como si el calendario tuviera una cláusula que suspendiera el tímpano durante el fin de semana.
No tengo ningún problema con la música. Sería difícil vivir en República Dominicana y declararle la guerra. El problema empieza cuando mi gusto necesita invadir la casa del otro para existir.
Eso ya no es música. Es ocupación territorial.
Tenemos una extraña manera de entender algunos derechos. El que celebra cree que tiene derecho a hacer ruido. El motociclista entiende que el mofle alterado forma parte de su libertad mecánica. El dueño de un negocio considera que si pagó por seis bocinas debe aprovechar hasta el último decibel.
El vecino, aparentemente, solo tiene derecho a aguantar.
Y aguanta.
Hasta que deja de dormir.
La Organización Mundial de la Salud no trata el ruido excesivo como una simple cuestión de mal humor vecinal. La exposición prolongada puede alterar el sueño, afectar el rendimiento y está vinculada con consecuencias cardiovasculares, auditivas y cognitivas.
Eso quizá resulte demasiado científico para explicárselo al hombre que a las doce y cuarenta de la madrugada está probando si el bajo nuevo mueve las persianas de la casa de enfrente.
Probemos con algo más simple.
Usted no vive solo.
Esa frase debería formar parte de la educación doméstica desde temprano.
No vivimos solos cuando estacionamos atravesados.
No vivimos solos cuando dejamos basura en una acera.
No vivimos solos cuando modificamos una motocicleta para que se escuche tres calles antes de llegar.
Y tampoco vivimos solos cuando nuestra fiesta entra por la ventana de una casa donde nadie fue invitado.
Lo curioso es que hemos aprendido a llamar “conflictivo” al que pide silencio.
El hombre lleva dos horas soportando música, se levanta a las cinco de la mañana, tiene un niño durmiendo y finalmente sale a pedir que bajen el volumen.
“Ese vecino sí es problemático”.
No.
Problemático es necesitar medio barrio para escuchar la misma canción.
Hay asuntos de convivencia que no requieren congresos, grandes pactos ni discursos memorables. Se resuelven con una práctica mucho menos espectacular: consideración.
Bajar el volumen no destruye una fiesta.
Usar el mofle de fábrica tampoco acaba con la juventud.
Y entender que la madrugada pertenece también a quienes descansan no convierte a nadie en enemigo de la diversión.
Podemos comenzar con una regla bastante económica.
La próxima vez que alguien compre una bocina, que revise la factura.
Si junto al precio del equipo no aparece el alquiler de las casas vecinas, todavía no son suyas.
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