Por Amaury Reyna Liberato
En el periodismo local existe una tentación particularmente peligrosa: publicar primero y averiguar después.
La explicación parece sencilla. El teléfono vibra, llega una fotografía, alguien envía una nota de voz y otro asegura que “eso está confirmado”. El dato comienza a circular por WhatsApp mientras Facebook ya lo convirtió en noticia. En ese momento, el periodista siente que dispone de pocos minutos antes de que otro medio publique.
Ahí comienza el problema.
La velocidad pertenece al periodismo. La precipitación, no.
Una información puede circular por veinte grupos y continuar siendo falsa. Puede venir acompañada de una fotografía auténtica y referirse a un hecho ocurrido tres años atrás. Puede contener el nombre correcto de una persona y atribuirle palabras que jamás pronunció. El número de veces que algo se comparte no lo convierte en verdad.
En una comunidad pequeña esto tiene consecuencias particulares. Aquí la persona señalada probablemente tiene familia conocida, negocio abierto, compañeros de trabajo y vecinos. El daño provocado por una publicación incorrecta no queda perdido entre millones de usuarios. Tiene dirección, apellido y consecuencias.
Por eso me preocupa cierta costumbre que se ha instalado en parte del ecosistema digital: convertir el reenvío en fuente.
“Me lo mandaron”. “Está rodando”. “Todo el mundo lo tiene”.
Ninguna de esas expresiones responde la pregunta que importa: ¿quién comprobó que ocurrió?
La UNESCO lleva años colocando la verificación de contenidos, imágenes, fuentes y publicaciones digitales entre las competencias necesarias para ejercer periodismo en un entorno atravesado por la desinformación. Su manual para periodistas insiste precisamente en el fact-checking y en la verificación de contenidos procedentes de redes sociales.
Eso no requiere convertir cada noticia local en una investigación de tres meses. Muchas veces basta una llamada.
Una llamada al hospital antes de anunciar una muerte. Una llamada a la escuela antes de afirmar que suspendieron la docencia.
Una conversación con la Policía antes de atribuir un delito. La consulta al organismo responsable cuando aparece una fotografía de una obra pública.
Y, sobre todo, escuchar a la persona señalada cuando una acusación afecta directamente su nombre.
Es posible que esa llamada retrase diez minutos la publicación. También puede evitar una rectificación, una querella o algo peor: perder la confianza del lector.
El problema de la falsa primicia es que casi siempre ofrece una satisfacción inmediata. Durante unos minutos, el medio aparece delante de los demás. Consigue comentarios, capturas, reacciones. Después, si la historia resulta falsa, llega una corrección que nunca circula con la misma velocidad.
La mentira hizo cinco kilómetros. La aclaración apenas cruzó la esquina.
Quien administra un medio pequeño conoce otra verdad incómoda: la credibilidad tarda años en construirse y puede deteriorarse en una tarde.
No creo que el periodismo local deba renunciar a la rapidez. Sería absurdo. El lector espera saber lo que ocurre mientras está ocurriendo. Lo que debemos abandonar es la idea de que verificar constituye una pérdida de tiempo.
Es exactamente lo contrario. La verificación es lo que distingue al periodista del usuario que reenvía.
Las redes sociales pueden avisarnos que algo ocurrió. Pueden llevarnos al lugar. Pueden proporcionar imágenes, testimonios y pistas. Son una herramienta formidable. Pero el trabajo profesional empieza donde termina el botón de compartir.
Antes de publicar una noticia suelo pensar que existe una pregunta que debería incomodar a cualquier periodista:
Si mañana alguien me exige demostrar lo que escribí, ¿qué tengo en las manos?
Si la única respuesta es “me lo enviaron por WhatsApp”, todavía no tenemos una noticia.
Tenemos un mensaje.
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