Por Roberto Amaury Reyna Liberato

Max Weber lo advirtió hace más de un siglo, pero sus palabras siguen teniendo una vigencia incómoda: servir a los hombres no garantiza ser amado por ellos. La política —decía— no es una ética del aplauso, sino de la responsabilidad. Y quien entra a ella esperando gratitud, termina inevitablemente frustrado.

La vida pública tiene una lógica propia, a veces implacable. No premia la constancia, no conserva memoria y rara vez distingue entre el servicio genuino y la conveniencia momentánea. Funciona como una maquinaria que aprovecha el esfuerzo mientras es útil y, cuando deja de serlo, pasa la página sin remordimientos. No siempre por mala fe, sino porque el poder tiende a mirar hacia adelante, incluso cuando eso implica borrar el pasado.

Hay trayectorias construidas desde el sacrificio silencioso. Años de trabajo sostenido, de lealtad práctica, de entrega sin reflectores. Tiempo, energía y capital humano puestos al servicio de proyectos que no siempre llevan el nombre de quien los hace posibles. Y, sin embargo, llega el momento en que ese esfuerzo deja de ser necesario. Entonces el trato cambia. Aparece el juicio donde antes hubo confianza; la distancia donde hubo cercanía; el cuestionamiento donde hubo respeto.

Weber tenía razón cuando afirmaba que la ingratitud es el precio psicológico del poder. No siempre adopta la forma de una ruptura explícita. A veces se manifiesta como desmemoria selectiva, como frialdad estratégica o como la necesidad de reinterpretar el pasado para justificar decisiones presentes. El poder no solo decide quién permanece; también decide a quién se le invisibiliza.

Pero hay una enseñanza más profunda en esta ética de la responsabilidad. La dignidad del servidor público no puede depender del reconocimiento ajeno. Depende, más bien, de la coherencia entre lo que se hizo y lo que se creyó correcto en su momento. Quien actuó con honestidad, con compromiso real y con sentido del deber no pierde su valor porque otros decidan desconocerlo.

La política es ingrata, sí. Pero también es reveladora. Con el tiempo, suele desnudar las motivaciones de cada quien y colocar las trayectorias en su justa dimensión. No siempre gana el más poderoso; a veces permanece el más consistente.

Servir sin aplausos no es una derrota. Es, en muchos casos, la prueba más clara de que se entendió correctamente de qué está hecha la política.


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