En una sociedad en donde no se educa al ciudadano para que respete al peatón, ni se cultiva el valor de la solidaridad, a veces una necedad es necesaria. Era tarde, para los que tarde habían salido de sus casas. Yo, en cambio, ya había dejado a los niños y terminaba de compartir con ellos la entrada al colegio.
Mientras de allí salía, observé con atención lo que a pocos metros sucedía. En la esquina, veía una señora mayor junto a su acompañante, tratando durante varios minutos de cruzar la calle, pero ningún conductor detenía su andar y cedía el paso… Al parecer nadie recordó que tiene o tuvo abuelas o familiares de edad avanzada. Para ellos, los conductores, aquellas personas con temor de cruzar, eran como invisibles.
Al ver tal situación, no me quedó otra alternativa que atravesar mi vehículo en medio de la calle para que ambas pudieran cruzar. Con visible rostro de satisfacción me agradeció la señora, “Dios te bendiga” me dijo… En cambio, los otros, a los que les tocó esperar por su paso, me miraban mal, algunos hasta me maldecían, que pena, pero para ellos. Yo, en cambio, les agradecí a todos y di un poco de aquello que la señora me dio, les bendije.
Nadie nace siendo solidario. La solidaridad se enseña y aprende a través de muchas formas y en distintas situaciones del cotidiano vivir, es un valor que debemos cultivar cada uno de nosotros si queremos en verdad ser mejores.
Hace tiempo aprendí que ser solidario debe ser una regla. La solidaridad es altruismo que se aprende y se afianza con la práctica y el ejercicio.
¿Eres tu solidario? ¿Estás dispuesto a hacerlo?
Es tiempo de ser mejores.
0 comentarios